miércoles, 21 de agosto de 2013

La mujer de las nueve lunas

Tengo una fascinación por las historias ambientadas en la Edad Media. En general las novelas de época y novelas históricas me encantan, porque precisamente me trasladan a esos tiempos que ya no existen y que mi alma viajera adopta como suyos. 
"La mujer de las nueve lunas" de Carmen Torres Ripa, es la historia de Hildegard de Bingen, una monja benedictina alemana fundadora del primer convento de mujeres. Sí, sólo para mujeres, lo cual en su época (Siglo XII) fue una de las más grandes osadías. Hildegard (porque el libro me permitó como al protagonista, nombrarla como si fuera mi amiga) no sólo fue monja, sino poeta, médico, dibujante, teóloga, filósofa, compositora, mística y demás atributos que en su tiempo, hicieron temblar a algunos hombres. 
A Hildegard se le adjudican la formación de los beguinatos, congregaciones de mujeres que podían decidir casarse o no, pero que principalmente se dedicaban a la labor intelectual y humana, cuidaban enfermos y desamparados.Dichos conventos se originaron para dar hogar a mujeres que por diversas causas no tenían o no querían tener marido. Posteriormente como un comunidad y congregación, eran productoras y abastecedoras, tenían por ejemplo, talleres o huertas. El régimen de monacato no era obligatorio, sin embargo la vida religiosa y contemplativa podía ser parte de las actividades.
Hildegard iluminada y
dictando su visión.
(Codex Liber Scivias)
En la novela, el papel de Hildegard es fundamental para cuestionar las formas en las que la Iglesia ha rebajado el papel de la mujer. Hildegard tuvo que enfrentarse a clérigos que no veían con buenos ojos sus acciones, así como a prohibiciones e incluso a la excomunión papal. No obstante, cuenta el libro que Hildegard tenía simplemente un espíritu alegre, fuerte y amistoso, lo que le ganó la simpatía de importantes personajes que la protegieron y ayudaron hasta el día de su muerte. 
Hildegard a través de sus visiones, creía fielmente que se comunicaba con Dios y que éste le daba la gracia de poder crear para comunicar. Compuso música e ilustró sus escritos, cosas que como hoy diríamos: "sólo pueden ser obra de Dios", en toda la extensión de la expresión. 
Hildegard no negaba a los hombres y reconocía su lugar como mujer, lo que no le gustaba era que su fuerza e inteligencia como mujer fuera menospreciada y usada al antojo de las pretensiones masculinas.
Este libro es sin duda una excelente introducción al mundo de los místicos, al placer de la contemplación, pero sobre todo, a la valoración de nuestra fe, nuestros alcances, logros y fracasos. 

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